Libertad

Cruzaba el puente tras una mañana andando de un lado a otro, sin conseguir nada de lo que había pretendido. Desde la ventanilla del autobús vi un espectáculo que me dejó con la boca abierta. Os lo relato a continuación… creédme… fue espectacular.

Los barcos de astilleros empezaron a soltar los cabos para liberarse de la prisión que les conduciría al dique seco. Las turbinas y las hélices funcionaban a toda máquina… las naves de acero se ponían en funcionamiento. Hasta aquí, es algo que podría haber pasado de forma desapercibida a los ojos de cualquier espectador… pero la cosa cambió a más y a mejor. La sólida pintura de los barcos se resquebrajaba a gran velocidad y a medida que caía, como si de una serpiente que muda su piel se tratase, escamas de color azul plateado iban sustituyendo el óxido y las pinturas antifouling. Los cascos destelleantes se cubrieron en cuestión de segundos de la piel del más bello de los peces. Ahora, todos los barcos nadaban hacia el interior de la bahía, serpenteando su cuerpo en el agua, reflejando la luz en todas direcciones, llenando el ambiente derayos de luz plata. Me cegaba el espectáculo. Pero esto no es todo. Uno de ellos era un pez volador, emergía del agua y movía su quilla sobre la superficie del agua, para impulsarse y permanecer más tiempo volando. Era genial. Deseaba encontrarme en la cubierta de ese barco. Sentir el viento pegando en mi cara, la ingravidez de encontrarme sobre un pez volador hecho de acero.

Seguí observando. Divisé multitud de puntos sobre la superficie el mar, ondulante por el movimiento acompasado de los barcos-pez. No conseguía acertar de qué se trataban esos puntos. Me quité las gafas, me froté los ojos, las limpié y me las volví a colocar. Seguía viendo lo mismo. Pero entonces, ¿qué eran?

Los barcos ahora jugaban a hacer curiosos dibujos con sus estelas. Un juego que parecía estar dirigido por unas batutas expertas en natación sincronizada. Era una Sinfonía del Agua. Deleitada por el flamante espectáculo que ofrecían los barcos, averigüé lo que minutos antes había sido el enigma de los puntos. ¡Eran peces! Peces de verdad, me refiero, de carne y espina. Parecían malhumorados por la osadía de los titanes de metal a desafiar las leyes de la biología y de la gravedad. ¿Quién les había dado el derecho de tapizar sus tristes cascos con las más bellas de las escamas? ¿Quién es había dado la capacidad de bailar en el agua con tanta libertad?

Publicado en on 11 Enero, 2008 at 6:19 am Dejar un comentario
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